Discurso presidente: Desafíos de la democracia en América Latina. Visita de Estado a Guatemala. Parte I

 

 

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Discurso del Presidente de la República de Costa Rica a la Universidad de San Carlos de Guatemala, en ocasión de la Visita de Estado Presidencial a la República de Guatemala 


Febrero, 2016
 

 

Amigas y amigos: 

 

Constituye un señalado honor para mí realizar esta visita académica a la más que tricentenaria y prestigiosa Universidad de San Carlos de Guatemala.  Fundada en 1676 bajo la adscripción de “Real y Pontificia Universidad de San Carlos Borromeo”, su lema “Id y enseñad a todos” nos convoca aún hoy y más que nunca antes, a la permanente búsqueda del conocimiento como un derecho democrático y una obligación pedagógica. 

Asisto complacido a su invitación, señor Rector Magnífico, en mi doble calidad de Presidente de la República de Costa Rica y profesor universitario. Como mandatario, traigo hasta esta noble Casa de Estudios el saludo respetuoso y fraterno del pueblo de Costa Rica. Un pueblo que admira a Guatemala y se sabe hermanado a ella por lazos que se pierden en la historia. 

Como investigador y profesor me permito trasladarle mi reconocimiento por la notable contribución que esta Universidad ha realizado en todos los campos del saber humano.  Una contribución que, además, se ha visto regada con la sangre de muchos mártires.  Permítame que honre su memoria y que lo haga, además, recordando la hospitalidad con que muchas y muchos universitarios guatemaltecos –perseguidos en momentos muy oscuros pero ya afortunadamente superados en la vida de esta querida Nación-  fueron acogidos en las universidades costarricenses con afecto y respeto. Ellas y ellos siguen siendo un recordatorio permanente del compromiso que tenemos con la construcción de sociedades más justas, más prósperas y más felices. 

Deseo aprovechar esta oportunidad para referirme a un tema generalmente rehuido por los políticos de mi país, pero que constituye un asunto medular para el desarrollo de toda Centroamérica: la integración regional. Y me refiero a la integración contemporánea –la surgida de los acuerdos de paz y del proceso de normalización democrática posterior a su firma- y no a la histórica, que es bien conocida y cuyos particulares y significado para el momento actual, tendremos que discutir en otro momento. 

¿Es la integración el sino de Centroamérica? ¿Constituye esta aspiración de larga data, un camino cierto para el desarrollo regional? ¿Está preparado el Sistema de la Integración Centroamericana, el SICA, para asumir la tarea política de concretarla? ¿Dónde se encuentran sus principales desafíos? Complacido, les propongo algunas reflexiones al respecto. 

Uno de mis maestros historiadores y reconocido experto en el devenir centroamericano del siglo XIX, Ralph Lee Woodward, sostenía que Centroamérica era, ante todo, una “Nación dividida”.  En la perspectiva de Woodward, el surgimiento de nuestra región a la vida republicana independiente en 1821 rompió con una lógica unitaria que, antropológica y culturalmente contenida en el concepto original de “Mesoamérica”, había alcanzado grados importantes de continuidad y madurez durante la interfase colonial. 

Para él, la expresión política más notable de aquella realidad lo fue la Capitanía General con sede titular en Guatemala, espacio que la independencia fragmentó y que nunca se recompuso debido, entre otras razones, a las luchas entre conservadores y liberales. Todas ellas inmersas en la compleja geopolítica caribeña de la primera mitad del siglo XIX. 

Tiendo a estar de acuerdo con mi viejo maestro. “Centroamérica” constituye un espacio claramente superior a las divisiones políticas que lo delimitan. En lo ecológico, humano y cultural, las tierras del Istmo –precedidas por el anchuroso norte mesoamericano que se extiende hasta la profundidad de las grandes planicies de lo que hoy son los Estados Unidos- nuestras tierras fueron región desde mucho antes que aparecieran los seres humanos en ellas. 

Aún hoy las fronteras nacionales son incapaces de invisibilizar esas continuidades naturales que las trascienden y que se miran a simple vista desde el Petén hasta el Darién, y desde Chiapas hasta el Golfo de Urabá. Basta con contemplar nuestras regiones limítrofes y las grandes cuencas hidrográficas que las contienen, para comprender cuán profunda es la condición transfronteriza de las mismas. Y más todavía si les sobreponemos, como un gran manto multicolor tachonado de sabidurías ancestrales, a los territorios donde pueblos aborígenes habitan desde tiempos inmemoriales. 

Tan extraordinaria realidad fue entendida en lo político por quienes, desde dentro de la propia Centroamérica pero principalmente desde fuera de ella, se enfrentaron por dominarla. 

Dejo de lado en estas consideraciones a los pueblos originarios, pues sus sistemas políticos por definición no estaban constituidos en torno a la noción de Estado-nación en la acepción Occidental más moderna. Sin embargo sí resulta evidente que, con el descubrimiento, conquista y colonización el Istmo centroamericano fue rápidamente convertido por España en una única circunscripción territorial dividida, para efectos militares, eclesiásticos y administrativos, en cuerpos políticos menores que se  multiplicaron con el tiempo, algunos de ellos bajo jurisdicción inglesa. 

De esa división surgirán después los países del área, fundados tras conflagraciones internas de diversa magnitud que, producidas tras la ruptura política con España en 1821, se prolongaron por dos décadas en un primer momento para luego continuar de manera intermitente hasta finales del siglo XIX. 

En un sentido estricto, entonces, Woodward tiene razón al afirmar que Centroamérica se convirtió en una “nación dividida”; en un cuerpo unitario desmembrado por las realidades de la política y de la geopolítica pese a los intentos de Morazán y los liberales por reestructurarla. 

Sobre el capítulo del “morazanismo” y de las visiones unionistas de aquellos años (entendidos tales años como todos los del siglo XIX) no me detendré más que para afirmar que prevalecieron más las tendencias hegemónicas y anexionistas que las “integracionistas” propiamente dichas. Y ello no sólo por las tensiones y contradicciones que se produjeron en el eje Guatemala-San Salvador durante el prolongado conflicto entre los presidentes Carrera y Morazán. Eso hay que darlo por descontado. 

También lo apunto por las consecuencias que aquellas tuvieron en los eventos de mediados de siglo, en particular en la llamada Campaña Nacional contra los filibusteros de William Walker (1856-1860), así como en los conflictos que se producirían después, a medida que Centroamérica se fue vinculando cada vez de forma más intensa a los mercados globales del café, envuelta en las turbias aguas del enfrentamiento británico-estadounidense en la Cuenca del Caribe. 

Para todos los efectos la integración centroamericana no resurge como proyecto viable y regionalmente aceptado sino hasta la década de los años 1950. 

La Segunda Guerra Mundial acababa de concluir con un holocausto sin precedentes y las nuevas tendencias desarrollistas empezaban –especialmente en Europa Occidental y los EEUU- a aplicar las premisas del keynesianismo y su “Estado de Bienestar”. A ello se sumaría poco después, insuflada por el mismo espíritu, la doctrina de “sustitución de las importaciones” que, en el caso latinoamericano y junto a la lógica de la Guerra Fría, tendría por resultado el inicio de una fase de expansión económica prolongada caracterizada por el crecimiento sin equidad ni democracia. 

Es así como hacia finales de esa década Centroamérica logra suscribir el Acuerdo General de Integración Económica Centroamericana y pocos años después la Carta de la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA). Estos dos instrumentos, a los que se sumarían posteriormente otros de similar carácter, se constituyeron en la “columna vertebral” de la integración regional. 

Una integración que, más exitosa que la europea en esos mismos años, experimentó un extraordinario desarrollo que no se detendría sino en 1969 con la llamada “Guerra del Fútbol” entre Honduras y El Salvador. 

A partir de entonces y hasta la suscripción del Protocolo de Tegucigalpa de 1991, la integración centroamericana languideció, dominada por la retórica y aletargada en medio de la mayor conflagración política y militar en la historia moderna del Istmo. 

No ha de extrañar que la integración centroamericana, en su versión más actual, haya sido “parida” en medio de los estertores de la Guerra Fría y como parte integral de los procesos de negociación de la paz en la zona. En efecto, convocada la paz por Guatemala bajo el hálito del santo Cristo de Esquipulas en 1987, la integración se vio impulsada con la firma del tratado del Parlamento Centroamericano y, a partir de entonces y por una década, alimentada con los diversos acuerdos y negociaciones nacionales y regionales a los que hizo posible la suscripción del “Procedimiento para Establecer la Paz Firme y Duradera en Centroamérica” o Plan de Paz de Esquipulas II. 

Llegados a este punto, deseo subrayar el papel determinante jugado por Guatemala, entonces presidida por los mandatarios Vinicio Cerezo, Ramiro de León Carpio y Álvaro Arzú Irigoyen en el proceso que puso fin, gracias a los esfuerzos de una década, a otra –infame y dolorosa- que tuvo como víctimas a millones de mujeres y hombres de todo el Istmo. 

No menos esfuerzos hicieron los demás presidentes del área, sus equipos técnicos así como las organizaciones multilaterales (la ONU y la OEA) y los grupos de buenos componedores (Contadora y su Grupo de Apoyo) entre otros, para lograr la paz. Pero es importante recordar que fue Guatemala la responsable de que no hubiesen exclusiones en el proceso y también el país que convocó la primera cumbre regional en Esquipulas, cita de la cual surgió el Parlamento Centroamericano y de la cual sin duda se nutrió el Plan de Paz. 

En fin, que de todo este proceso surge el “nuevo” Sistema de la Integración Centroamericana (SICA). Y lo hace generando una enorme expectativa.  Alcanzados los ceses de fuego, consolidada la normalización política por medio de comicios libres, limpios e internacionalmente garantizados, establecidos los protocolos para los diálogos de reconciliación nacional, habiéndose avanzado en el desarme de los grupos irregulares e insurreccionales, la integración regional aparecía como el camino idóneo para alcanzar el desarrollo, único ámbito no contemplado en el “Procedimiento” de Esquipulas II. 

Es importante subrayar el apoyo que la propuesta integradora recibió de la Comunidad Internacional.  

A partir de 1991 (fecha de la firma del Protocolo de Tegucigalpa) y hasta 1997 (año en que se dio a conocer la última gran propuesta reforma del SICA de la mano de Edward Best), Centroamérica recibió aportes por miles de millones de dólares principalmente de la Unión Europea, los EEUU, España, Japón, Corea, Taiwán, México, y de los organismos financieros y multilaterales internacionales (Naciones Unidas, OEA, BID, FMI, Banco Mundial, Corporación Andina de Fomento, etc.). Esta expresión de solidaridad encontró eco en una región ayuna de recursos para potenciar el desarrollo humano.  

En menos de una década, el SICA fue capaz de suscribir la Alianza para el Desarrollo Sostenible, el Tratado Marco de Seguridad Democrática, crear la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo, la Secretaría de Asuntos Sociales y la Secretaría de Asuntos Turísticos. 

Todo ello al tiempo que se presentaba al mundo como el segundo caso exitoso de integración regional después de la Unión Europea, y se proclamaba como la primera en adoptar la agenda de la Cumbre de Río. Este logro no fue para nada pequeño. 

Centroamérica, región pobre y subdesarrollada que apenas salía a tientas de una década de violencia, asumía sin timidez la agenda más ambiciosa propuesta por las Naciones Unidas y con ello, se convertía en el estandarte de vanguardia del desarrollo sostenible, concepto el cual “aterrizó” en la ALIDES primero, y en el acuerdo bilateral con los EEUU (CONCA-USA), después. 

Han pasado más de tres lustros desde esos acontecimientos y lo que parecía un horizonte muy promisorio para Centroamérica se ha ido convirtiendo en marasmo, en parálisis y desaliento.  Hoy nuestra región no está más cerca de la integración de lo que lo estaba hace 15 años y peor aún, podría encontrarse en una fase regresiva, alejándose del objetivo que nos fijamos entonces.