Palabras del señor Canciller Acto conmemorativo de la Independencia Nacional

 

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Estamos reunidos para conmemorar la fecha de celebración de nuestra Independencia Nacional. Una fecha que nos remite a una de las fases históricas fundamentales en el proceso de conformación de nuestro país y de nuestra identidad, pero que la mayoría de los costarricenses comprendemos poco, si bien la celebramos con cariño y orgullo entrañables.

 

El conocimiento limitado sobre un período que sin duda es complejo, y todavía puede revelar muchas sorpresas a los especialistas, ha llevado a la difusión de ciertos mitos y estereotipos, que a veces nos llevan a una simplificación excesiva. Nos gusta repetir que la Independencia nos llegó de afuera y decimos en tono jocoso, que “nos llegó a lomo de mula”, olvidando que la independencia no fue un hecho aislado sino un proceso, durante el cual los costarricenses de la época tuvieron que asumir un protagonismo y tomar decisiones fundamentales para el desarrollo futuro del país. Repetimos que la independencia fue un suceso incruento, en el cual no se derramó una sola gota de sangre, sin recordar que tan solo dos años después, en 1823, los costarricenses se enfrentaron en la primera guerra civil de nuestra historia, para decidir la naturaleza de nuestro régimen político, donde el grupo que apoyaba una ilusoria monarquía constitucional, fue vencido por el sector que deseaba mantener y profundizar el gobierno de corte republicano que ya se estaba perfilando.

 

Y nos enorgullecemos de la magnífica participación en las Cortes de Cádiz de un hijo de esta tierra, el presbítero Florencio Castillo, a quien los otros diputados en esa asamblea llamaron “el Mirabeau de América”, pero casi nunca leemos sus discursos, y no conocemos casi nada sobre sus aportes en la defensa de los derechos de los indígenas y de los afrodescendientes, o en la promoción de los derechos políticos y civiles de todos los pobladores de las tierras americanas, sin distinciones de ningún tipo. Celebramos la promulgación del Pacto Social Fundamental Interino, nuestro “Pacto de Concordia” apenas mes y medio después de recibidas las primeras noticias del proceso emancipador de la región centroamericana, pero sin duda nos cuesta calibrar el gigantesco paso que significó haber podido plasmar en tan poco tiempo, las instituciones fundamentales para el gobierno propio de una sociedad hasta entonces sometida a los designios de un sinnúmero de autoridades establecidas fuera de su ámbito territorial y social.

 

¿Cuál puede ser, entonces, la significación que tiene para los costarricenses de hoy la conmemoración de nuestra independencia nacional? No pretendo con este corto mensaje dar una respuesta a esta pregunta, sino más bien plantear un punto de partida para una reflexión que vale la pena que cada uno ensaye por sí mismo. Para acercarnos a este tema, creo que debemos en primer lugar preguntarnos ¿qué nos une a los costarricenses de hoy con los de aquellas épocas, que a primera vista resultan tan remotas y desconocidas? ¿Qué tenemos en común con los costarricenses de entonces?

 

Quiero proponerles la idea de que tal vez nos parecemos mucho más a ellos, de lo que creemos comúnmente. Nos gusta imaginarnos que hace doscientos años, Costa Rica era una provincia rural e idílica de los dominios españoles, un rincón donde la vida transcurría monótona y pacíficamente, sin conflictos ni grandes decisiones. Y que nos llegó la Independencia, y después de un par de décadas, nos declaramos República. Pero ese proceso no fue unilineal ni sencillo.

 

Hace doscientos años, una amplia sección del mundo, a ambas orillas del océano Atlántico, estaba inmersa en una serie de profundas transformaciones en todos los ámbitos, que cubrió los últimos decenios del siglo XVIII y los primeros del XIX. Señalada por hitos como la Revolución Francesa y las independencias de las colonias hispanoamericanas y norteamericanas, en esa época se sacudieron las viejas monarquías europeas, cayeron imperios mientras otras potencias se consolidaban o emergían al primer plano mundial, en la esfera económica la extensión de la Revolución Industrial inició una transformación general de las bases productivas así como de las relaciones comerciales y financieras en todo el mundo, en tanto en las esferas política y cultural, se afirmaba una nueva concepción humana, se reconocían derechos civiles y políticos y se ensayaban nuevos sistemas de gobierno. De estas décadas de convulsiones y cambios, emergió un nuevo sistema mundial, el inicio de la llamada Era Contemporánea de la historia global.

 

Podemos enmarcar el proceso emancipador de los territorios hispanoamericanos, de la región centroamericana y de nuestro país, dentro de este amplio marco de transformaciones globales. Y esto nos facilita la comprensión de la incidencia de estos cambios en la organización social, política y económica de los pobladores del territorio costarricense, y así calibrar mejor las decisiones que tuvieron que asumir nuestros antepasados para incidir, en la medida que les era dable o en la que pudieron dilucidarlo, en el rumbo de ese proceso. Permítanme una corta mención de algunos de los momentos sobresalientes de este período histórico, en lo relativo a nuestro país.

 

Los orígenes de la emancipación hispanoamericana pueden buscarse, en buena medida, en el proceso constitucional español (que incluyó la participación de las colonias). Como en muchos otros dominios españoles, los períodos de vigencia de la Constitución de Cádiz (el primero, de 1812 a 1814 y el segundo a partir de 1820), incentivaron en la provincia de Costa Rica el establecimiento de autoridades municipales en las principales poblaciones, privilegio hasta entonces reservado únicamente a la capital colonial, la ciudad de Cartago. Esto explica el protagonismo de los ayuntamientos, incipientes foros de discusión y decisión política, durante toda la fase de la independencia y los años siguientes, al ser uno de los pocos espacios para el ejercicio de los derechos políticos de la ciudadanía.

 

Otra incidencia directa del proceso ligado a la Constitución de Cádiz fue el establecimiento, en amplias secciones del territorio español y de las colonias, de las llamadas Diputaciones Provinciales, que mejor deberíamos conceptualizar como Juntas de Gobierno, entes colegiados y autónomos, con autoridad suprema en su territorio en los aspectos administrativos, económicos, de justicia y hasta de cultura, pero desligados de cualquier función legislativa. Para el caso de Costa Rica, recordemos que la antigua Capitanía de Guatemala fue dividida, en 1813, en dos de estas llamadas Diputaciones, quedando nuestro territorio en la Diputación de Nicaragua y Costa Rica hasta 1814, y de nuevo a partir de 1820, donde nuestros legados en esta Diputación, reunida en la ciudad de León, participaron en la determinación del rumbo a seguir ante la Declaratoria firmada en la ciudad de Guatemala, como asiento de su propia Diputación Provincial. Todo esto sin olvidar que la misma elección de un diputado a las Cortes de Cádiz (el ya citado Florencio Castillo) en 1812 había constituido un ejercicio inédito de participación en un proceso electoral, hasta entonces negado a los criollos. Tenemos aquí tres ejemplos concretos de cómo el desarrollo y puesta en vigor de la Constitución de Cádiz, incidió de múltiples maneras en la organización del gobierno y abrió portillos al ejercicio por parte de la ciudadanía, de derechos políticos hasta entonces no reconocidos.

 

También es importante en este sentido mencionar brevemente algunas facetas del proceso político de Costa Rica posterior a su emancipación de España, hasta la proclamación de la República en 1848. En el propio Pacto de Concordia, ya citado, emitido el 1 ° de diciembre de 1821, Costa Rica había declarado su absoluta libertad, pero al mismo tiempo dejó abierta la posibilidad de confederarse a otro Estado americano al que le conviniera adherirse. El dilema entre la adhesión a una entidad política mayor o la conveniencia y viabilidad de constituirse en una unidad política plenamente autónoma, fue uno de los principales determinantes de la evolución política de las primeras décadas después de la independencia.

 

Tras una corta anexión al fallido imperio mexicano, Costa Rica decidió incorporarse a las Provincias Unidas del Centro de América, adhesión que se hizo efectiva en marzo de 1824. Como Estado Libre, participó en la República Federal de Centroamérica desde su fundación en noviembre de 1824 hasta su disolución en 1838. Recordemos que cada Estado asociado a esa República, mantenía su autonomía para gobernarse, elegir a s propio Jefe de Estado y dictar sus propias leyes. Así, cuando la República Federal fue disuelta definitivamente, Costa Rica estaba en condiciones de seguir manteniendo su sistema de gobierno, y después de algunos años tomó la decisión de constituirse en República, para poder asumir de forma plena sus relaciones en la esfera internacional. Una condición que tan solo dos décadas antes, probablemente no se hubiera podido imaginar como una posibilidad realizable.

 

Para concluir, quiero volver al planteamiento hecho hace unos minutos. ¿Qué tenemos en común los costarricenses de hoy con nuestros antepasados del período de la Independencia? Como he tratado de hacer patente, probablemente más de lo que pensamos. Al igual que ellos, nosotros vivimos un período prolongado de cambios estructurales, que abarcan todos los ámbitos desde la vida familiar hasta la esfera global, cuyos resultados finales no podemos prever. Nuestras acciones y decisiones pueden incidir de manera constructiva en estos cambios, o podrían por el contrario tener efectos negativos.  Al igual que ellos, ocuparemos una buena dosis de sentido común, de prudencia e incluso, una pizca algo generosa de sabiduría. Pienso que la conmemoración de la Independencia Nacional es el mejor momento para renovar, como ciudadanos y como funcionarios de este Ministerio, nuestro compromiso con la excelencia en nuestras labores y nuestro deseo de contribuir a que Costa Rica pueda adaptarse exitosamente a los cambios que demandan los tiempos. Con nuestro esfuerzo conjunto, Costa Rica podrá brindar también el aporte de su propia experiencia y desarrollo para que esos cambios se encaucen hacia el mejoramiento de las condiciones de todos. Siendo mejores ciudadanos de nuestro país, sin duda seremos también mejores ciudadanos globales.